jueves, 27 de noviembre de 2008

Carta del grupo sacerdotal Angelelli


Ante la privación al P. Ariel Álvarez Valdez


Meses atrás se conoció por diversos medios que el sacerdote Ariel Álvarez Valdez, licenciado en Teología Bíblica por la Facultad Bíblica Franciscana de Jerusalén y doctor en Teología Bíblica por la Universidad Pontificia de Salamanca, fue privado, por un decreto de su Obispo, del ejercicio de “la enseñanza de disciplinas teológicas en cualquier nivel de docencia, incluyendo cursos cortos, conferencias y toda otra actividad análoga” como también “para hacer nuevas publicaciones o disponer la reedición de publicaciones anteriores…y para participar en la organización y uso de medios de comunicación social, incluyendo internet, ya sea a través de escritos, grabaciones, filmaciones y cualquier otro tipo de soporte” .

Esta limitación de su obispo se da con posterioridad a expresos pedidos de la Santa Sede, de que el padre Ariel se retractara de diversas afirmaciones suyas respecto a temas bíblicos. Es de todos conocida la abundante bibliografía de este sacerdote, como sus cursos y otras publicaciones, a través de los cuales ha llegado a una enorme cantidad de creyentes que encontraron en sus escritos una clarificación y comprensión del contenido esencial de la Biblia, superando la lectura ingenua o literal de la Escritura, que impiden un auténtico crecimiento en la fe.

Toda la obra del Padre Ariel es un genuino esfuerzo por acercar la Biblia al pueblo. Por otra parte tales prohibiciones son un cercenamiento de la libertad y del pluralismo teológico, imprescindibles si queremos vivir y convivir en una Iglesia madura y adulta. Sobre todo cuando las afirmaciones de este biblista son compartidas y enseñadas por la mayoría de los teólogos y exégetas actuales, como también por nosotros y muchos otros que nos encontramos en el ministerio pastoral. No es menos doloroso que lo acontecido con este sacerdote, ya se ha hecho frecuente en la Iglesia en nuestro país y en muchos otros lugares del mundo.

Teólogos, biblistas, pastoralistas, sacerdotes, laicos, religiosos, y tanto varones como mujeres y por decenas, han sido sancionados o amonestados, tanto por autoridades de la Santa Sede como por sus respectivos obispos, aunque siempre, se afirma, con las directivas de organismos vaticanos. Todo hace pensar que estas persecuciones y condenas, pretenden acotar cualquier reflexión, docencia o publicación, para lograr un pensamiento único en nombre de la autoridad del Magisterio, impidiendo de este modo el crecimiento y maduración del conjunto de los fieles, renunciando al diálogo creativo entre legítimas posturas teológicas, acotando las búsquedas e investigaciones a las cuales el mismo Magisterio ha alentado en otros momentos. Igualmente alarmante nos parece lo sucedido en la Arquidiócesis de Córdoba, donde el Padre Ariel tenía programadas tres visitas, una en septiembre, otra en noviembre y otra en diciembre para Cursos breves. Por sugerencia del Arzobispo de Córdoba, señalando que no le parecía conveniente su presencia, se suspendieron estos Cursos.

Nos preguntamos: ¿Qué se busca con estos procedimientos? ¿un pueblo ignorante para dominarlo? ¿un clero sumiso para manejarlo? ¿evitar la sana confrontación y la búsqueda creativa para conservar el orden establecido? ¿uniformar el discurso y negarse al diálogo maduro y creativo en nombre de una supuesta obediencia? ¿espíritus mediocres que teman la búsqueda y la creatividad necesarias para poner el Mensaje del Evangelio a la altura de los nuevos desafíos de la historia?

Por nuestra parte no nos resignamos a un silencio cómplice, ni queremos abonar la impunidad del poder. En nombre de nuestra adhesión al Evangelio que anunciamos y a la Iglesia que está viva en nuestras comunidades, reclamamos el esclarecimiento de estas situaciones y el sinceramiento por parte de quienes corresponda. Estamos asistiendo a una etapa difícil en la vida de la Iglesia: las comunidades han perdido la fuerza y vigor de otros tiempos, las generaciones jóvenes no se sienten identificadas con las propuestas que ofrecemos, la credibilidad en la institución eclesial se pierde día a día, muchos que intentan acercarse se ven defraudados por los autoritarismos y la resistencia a aceptar las diferencias y las nuevas realidades que aparecen en el cambio epocal de este nuevo milenio.

En este contexto se revela anacrónico y aún inmoral el cercenamiento de las búsquedas de nuevos caminos y de la libertad de pensamiento de quienes han optado por la investigación y el estudio para poner la Teología, la Escritura, el Dogma o la Moral al servicio de una humanidad cada día más sana y más libre para pensar y optar. Responde a la más sana teología la afirmación de que el Obispo tiene autonomía en su Diócesis y que su ministerio no está sujeto ni está por debajo de los organismos de la Curia romana. Es otra cosa el lugar del Obispo de Roma, el Papa, junto a sus hermanos en el Episcopado, lugar que de ninguna manera desconocemos.

¿Qué les sucede entonces a los pastores de la Iglesia que actúan con miedo o con una suerte de “obediencia debida” ante los reclamos de los organismos vaticanos? ¿Qué será de una Iglesia donde se pretenda uniformar el pensamiento, o imponer la autoridad por el temor o por la coacción? Se podrá lograr una aparente unidad, pero habremos renunciado a la esencia del Evangelio que entre otras cosas nos señala que la autoridad es un servicio y que la corrección fraterna es el camino para la superación de los conflictos que necesariamente se dan en el seno de cualquier comunidad. Tal vez estamos a tiempo de reaccionar de esta suerte de involución y retorno a costumbres o criterios de otros tiempos. Encaremos sin temor y con adultez estos conflictos y diferencias y demos ante el mundo el testimonio de apertura y creatividad que los tiempos reclaman.

Alentamos a quienes lean esta carta y la compartan, la difundan en sus comunidades y la transmitan por los medios que dispongan. No tiene otra intención que alentar el diálogo, y reafirmar la madurez que es deber y derecho de toda persona y de todo creyente.



Córdoba, 17 de noviembre de 2008.

2 comentarios:

Comisión de JPIC - Misioneros Claretianos dijo...

Reproducimos el comentario que nos acercó Martín, desde Córdoba:

Yo pregunto si el no del arzobispo Carlos Ñáñez a que el sacerdote Ariel Álvarez Valdéz participara en tres cursos en Córdoba, hay que interpretarlo como mera desinformación, como un error, o como una regresión propia de los tiempos de la "obediencia debida" que sufrimos en la arquidiócesis desde antes de 1999, expresión esta que también emplean los que suscriben la carta en cuestión.
Si esto es como en el último caso.., vaya, sería mejor que, por respeto a la Verdad, no proclamemos lemas que aludan a "salimos" sino más bien reconozcamos que la jerarquía pretende sepultar a la iglesia local en la catacumba preconciliar, dicho esto dolorosamente. Si alguien me ayuda a discernir esto, lo agradeceré de corazón.
Con afecto, Martín.

Julia dijo...

Ahiero a las opiniones expresadas en la carta. Concidero qeu si queremos contruir una Iglesia desde las comunidades, lo más importante es poder compartir e intercambiar ideas... Y aunque esto no lo veamos como ejemplo en nuestros pastores, podemos nosotros ir haciendo camino. Formarce, aprender, conocer, para amar y servir.
Gracias!
Julia